lunes, 10 de octubre de 2011

HOMENAJE A PEP BRUNO, CUENTISTA INSÓLITO

Estrenamos un nuevo curso, el extraño 2011-2012. Ya está siendo un curso plagado de movilizaciones y denuncias a nuestra administración, por una defensa de la escuela pública; en los tiempos que corren: insólito.
Insólito también el cambio: me he trasladado de Parla a Móstoles. He dejado el IES Jimena Menéndez Pidal, del que me marché con una congoja enorme y he emprendido un corto viaje al IES Octavio Paz de Móstoles, y digo corto porque... ¡insólito!, aunque soy funcionaria, este curso he inaugurado mi andadura educativa haciendo una sustitución a una compañera del gremio. Este no es más que uno de los extraños acontecimientos, acontecimientos insólitos que están sucediendo en la manera de gestionar la educación en la comunidad de Madrid y otras comunidades.
Mis chicos y chicas son maravillosos, como sucede siempre y ya hemos comenzado a querer crear.
En este verano he hecho muchísimas lecturas, pero me gustó para trabajar con los chicos la obra de Pep Bruno: Cosas que pasan, publicada en Palabras del Candil.
Me pareció que era accesible por su lenguaje, su prosa cuidada y sencilla, pero sobre todo por sus finales insólitos y para comenzar a atrevesar en compañía de ellos y ellas, mis alumnos, mis alumnas, los campos de la literatura, les propuse transgredir la norma, plagiar al autor e inventarnos un nuevo final.
Los de mis chicos y chicas fueron a veces insólitos y otras veces no tanto. Escogimos el cuento titulado La visita y como muestra os dejo tres finales, tres ejemplos, tres maneras distintas de cambiar el mundo:

LA VISITA
En el verano de 2001, nuestros hijos hicieron amistad con los hijos de otra pareja joven que solía ponerse en la misma zona de playa que nosotros. Tal fue la afinidad de los niños que cuando llevábamos una semana allí empezamos a quedar para salir todos juntos a pasear por las tardes, y cenar, y a tomar alguna copa. Al terminar las vacaciones habíamos hecho una buena amistad.Terminó el verano y cada familia volvió a su casa. El ritmo del trabajo y de los colegios nos fue alejando del verano y de las buenas intenciones. Ellos vivían a algo más de ciento veinte kilómetros de nuestra ciudad, no parecía una distancia demasiado larga, por eso cuando nos despedimos lo hicimos con la promesa de vernos pronto. Pero pasaba el tiempo y nunca había un momento para quedar. Ellos trabajaban bastante Nosotros también. Los finales de semana estaban a su vez llenos de actividades extraescolares, culturales, citas y compromisos familiares. De cualquier modo, no dejamos de llamarnos. al principio una vez al mes. Después cada tres meses. Pasó el tiempo. Llegó de nuevo el verano y mi mujer y yo creíamos que, aunque no habíamos podido vernos, lo mejor era llamarles para ver qué planes tenían aquel verano.Llamé. Sus vacaciones estaban ya decididas. Y no tenían nada que ver con las nuestras: no coincidían ni fechas ni lugares. Fue triste. De cualquier modo quedamos en que pasado el verano haríamos por vernos. Fue una de esas despedidas que saben a hasta nunca.Pasó el verano. Yo no sé. De pronto me vino como una pena grande ¿Nunca más volver a verlos? Y cogí el teléfono, quería que vinieran a comer el próximo fin de semana. Ellos se sorprendieron al escuchar mi voz y al principio dudaron. Luego él sugirió que sería mejor vernos en su casa (así podría aprovechar y trabajar hasta cinco minutos antes de nuestra llegada). Era tan firme mi deseo de verlos que acepté. Me dio los datos de su dirección y me explicó cómo llegar. Quedamos a media mañana.Pasó la semana y llegó el día. Pronto, antes de lo previsto, estábamos en la carretera. Los kilómetros nos acercaban a una cita incierta. Hasta esa semana no nos habíamos percatado de que no teníamos ninguna foto con ellos. Sólo recuerdos. Mis hijos estaban bastante tranquilos y con ganas de jugar otra vez con sus amigos de la playa. Llegamos por fin. Desde el balcón de un quinto nos hacían señales de bienvenida. Respondimos mientras bajábamos del coche. El portal, el ascensor, la luz de planta y ya: allí estaban en la puerta de entrada de su casa con gesto amable y sonriente. Nos abrazamos, nos saludamos después de tanto tiempo, nos invitaron a entrar, nos enseñaron la cas, nuestros hijos y sus hijos se pusieron a jugar en el salón… todo parecía de lo más normal. Pero algo chirriaba. Mi mujer y yo no dejábamos de mirarnos con urgencia aunque no encontramos el modo de hablar un momento a solas. La mesa estaba ya dispuesta y nos sentamos a comer. Los niños se encontraban felices. La comida fue excelente. La casa era una maravilla y la biblioteca que tenían daba vértigo. Charlamos de temas varios hasta que, mientras tomábamos el café mi mujer sacó a relucir el verano que pasamos juntos y empezó a recordar los ratos pasados. Fue justo en ese momento cuando compren lo que ocurría: ellos no eran ellos, no eran nuestros amigos, eran otros. Debió suceder que no sólo lo comprendí yo porque, de pronto, mi mujer se quedó callada y todos nos quedamos mirando en silencio. Una mirada de tierra trágame. Entonces él continuó la conversación, continuó contando la anécdota más o menos como suponía que habría seguido (no fue desencaminado). Todos comprendimos. Y todos seguimos disimulando. Y fue pasando, amena, la tarde. Mis hijos y sus hijos jugaban mientras nosotros escuchábamos música y construíamos un verano juntos.Cuando nos despedimos, ya en la puerta, insistí varias veces para que nos volviéramos a ver, eso sí, esta vez en nuestra casa.                                                                                                           (Cosas que pasan. Pep Bruno)

…Nos dimos cuenta de que no eran ellos. Decidimos poner una excusa para poder marcharnos. Nos despedimos. Al bajar a la calle nos dimos cuenta de que el edificio había desaparecido. Nos quedamos anonadados.
-¿Qué ha sucedido?- pregunté.
Un hombre nos observaba, se acercó a nosotros y nos preguntó:
-¿Les ocurre algo?
-¿Sabe qué le ha sucedido a ese edificio?-le preguntó mi esposa señalando el lugar.
-Fue derribado en 1980-respondió.
                                                                  (Rosa y Lorena, 4º B)

En el momento en que nos dimos cuenta de que eran los mismos de las vacaciones anteriores decidimos preguntarles:
-¿Os ha pasado algo? Es que parece que no recordáis algunos detalles de las vacaciones, parecéis otras personas…
-¿A nosotros? No, no nos ha pasado nada, sólo que…
Pasó la tarde y todavía pensábamos mi mujer y yo que había algo raro en ellos. Justo en ese momento nos dijeron que tenían algo que contarnos. Nosotros nos miramos con miedo, y el marido empezó:

Todo empezó ocho meses después de aquellas vacaciones. Vosotros viajabais en un coche de regreso de un viaje en el campo. Tuvisteis un accidente. Tras un mes en el hospital perdisteis la mitad de vuestra memoria. Ahora, poco a poco la vais recuperando, por eso creéis que no somos nosotros los mismos de aquellas vacaciones… y por eso tardasteis tanto en llamarnos…

-¿En serio?- dijo mi mujer- no puede ser, eso es imposible…
-Si miráis los periódicos del año pasado encontraréis el momento de vuestro accidente.
-Cariño- le dije a mi mujer- vámonos a casa que tenemos que enterarnos de qué es lo que ha sucedido.
Nos fuimos de allí, nos despedimos todos en la puerta y fuimos a casa a pensar sobre todo lo que había pasado, para intentar saber si aquello era verdad…
…y así fue, tenían razón. Así que los llamamos y volvimos a quedar como si no hubiera pasado nada.
                                                                  (Karen y Marta.M, 4º B)

Cuando sacó a relucir las anécdotas se dieron cuenta de que aquellos con los que estaban compartiendo mesa no eran las maravillosas personas de aquel verano, sino que pertenecían a una banda organizada de circenses delincuentes.

El hombre era un domador y la mujer una trapecista. Además, los niños no eran niños, sino dos enanos reconocidos en todo el mundo por su elaborado número de malabares, y que estaban intentando salir de ese mundo, junto con sus amigos, suplantando la identidad de aquella entrañable familia. Para ello, habían dejado encerrada a esta familia en una torre en el municipio de Alcafrán. Al escuchar la historia, llegamos a un acuerdo: Nos dejarían escapar a cambio de que no les delatáramos. Sin embargo, el quinto integrante de la banda, la mujer barbuda, salió de su escondite abalanzándose sobre mi mujer y golpeándola duramente en la sien con una bombona de butano vacía. El resto de la banda la detuvo de inmediato gritándole el plan en su idioma natal.
Hoy mi mujer sigue con secuelas de aquél duro golpe y por supuesto, no hemos vuelto a entrar en un circo.
                                                                                                                     (Raúl y Roberto, 4º ESO B)



1 comentario:

  1. Raquel, muchas gracias por tus amables palabras y por elegir un cuento (y un libro) casi secretos (de un autor casi más secreto) para animar a leer y a escribir. Y muchas gracias a tus alumnos y alumnas por jugar con mis palabras. Ojalá hayan disfrutado con ello.
    Abrazos

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